El amor egocéntrico

EL AMOR EGOCÉNTRICO

Se atribuye al filósofo, matemático y físico francés René Descartes, considerado el padre de la geometría analítica y la filosofía moderna, el famoso “pienso, luego existo” de su obra “El Discurso del método” que data de 1637, y esta sentencia me da ganas de empezar a averiguar si es real o no mi propia existencia.

Sin embargo la deducción de Descartes también me da una idea de la limitación de la razón para enfrentarse a la existencia. Personalmente me siento más identificado con mi ocurrencia “Descarto la razón. Intuyo, luego existo” en mi experiencia de saber que hay otras actividades mentales más allá de la razón.

Imaginemos por un momento que no existe nadie ni nada más que tú. Estaríamos en una situación egocéntrica pura. En este caso todo lo que ves a tu alrededor, como no existe -puede que exista, pero no lo sabes-, está procesado por tu mente. Es decir, lo que tú percibes de mí no soy yo, sino lo que tu mente genera a través de la imagen que te puedo dar, de las palabras y otras percepciones, pero al fin y al cabo, lo que tú percibes de mí es un espejo de ti, porque está fabricado por tu propia mente. Y así con todas las personas, todos los animales, todas las cosas y todos los acontecimientos.

Lo que yo percibo de todo lo que me rodea es realmente mi propio mundo, lo que mi mente fabrica para mí. Independientemente de que exista o no, todo es un espejo de mí, una construcción mental.

Con este punto de partida es más fácil empezar a comprender también la primera regla del Kybalion, “El TODO es mente, el universo es mental”, supuesta sabiduría milenaria publicada por The Yogi Publication Society Masonic Temple – Chicago, Ill. en 1902.

 

Ahora si yo percibo algo en ese mundo que no me gusta, me desagrada, puedo percibirlo ahora como que soy yo mismo, es parte de mí. Equilibrar ese proceso mental por el que una parte de mi me desagrada implica prestar una atención a ese espejo y empatizar con él, tratar de ponerme en su lugar para comprenderlo y comprenderme a mí mismo.

En este intento de equilibrar, de sanar, esa parte de mi estoy sanado mi relación con esa percepción, con ese espejo de mi mismo.

Y dentro de ese intento de sanar, con las actividades de comprender y empatizar, estoy dando un paso más, amándome a mi mismo y a mi espejo.

Si yo me quiero amar a mi mismo, tendré que querer amar a ese espejo de mi. Si yo me quiero sanar a mi mismo, tendré que querer sanar a ese espejo de mi. Y al contrario, sanando y amando a ese espejo puedo sanarme y amarme a mí mismo. De ahí me surge: “amar para amar, y sanar para sanar”

Por el contrario, cuando percibimos como horribles y lejanos algunos acontecimientos – como una masacre en otra región del planeta- y no somos capaces de equilibrar al espejo al equilibrarnos a nosotros mismos, será necesario reconocer una existencia ajena y desconectada a nosotros.

Es por ello que este amor egocéntrico no va más allá de lo cercano, lo próximo, recordando entonces a las palabras atribuidas a Jesús de Nazaret: “ama al prójimo como a ti mismo”.